Dos cafés, una escalera



Dos tazas humeantes de café reposan sobre una pequeña mesa naranja. Son las cuatro de la tarde de un nublado día y junto con una amiga, me dispongo a saborear aquella bebida amarga. Luego de mucho tiempo de no vernos y de posponer en dos ocasiones nuestra cita, finalmente logramos reunirnos para ponernos al día. Y ahí estamos. Ella, comenzando a hablar de su nuevo trabajo y yo, a punto de darle un sorbo a mi café. De pronto, un niño de cuatro años se aproxima hacia mí y tímidamente jala mi brazo hacia él y parándose de puntitas me dice: “Mamá, quiero hacer pipí”. Tratando de no hacer algún gesto de inconformidad, me paro, le doy la mano y le digo a mi amiga: “Ahora vuelvo”.  Ella esboza una sonrisa burlesca. 

Mientras atiendo a mi hijo en el baño, me siento apenada con mi amiga por dejarla con la palabra en la boca sentada frente a una mesa que además de dos tazas de café, está ocupada por un juego de té de plástico, dos trenes de madera, un carrito de mandado para jugar, un tazón con palomitas y una bolsita de jugo a medio tomar. A diferencia de los lugares que solíamos frecuentar algunos años atrás, el ambiente de este recinto está aderezado de tal forma que parece ser una extensión de nuestra mesa y está amenizado con el sonido de un canal de televisión para niños como fondo y gritos agudos y llantos estrepitosos de preescolares como primer plano. 

Al salir del servicio, mi hijo corre hacia un área de juego y observo que mi amiga le alcanza el juego de té a una niña de una mesa vecina. Se sonríen como cómplices de alguna travesura. Al llegar a la mesa y sentarme le digo: “Sorry, gajes del oficio. Y a propósito de oficios, ¿cómo te va en el trabajo?”. Ella contesta: “Muy bien, aunque me ha costado adaptarme. Dime algo, ¿qué es lo más difícil que te ha tocado enfrentar cuando eres nueva en tu trabajo?”.

Yo sé muy bien que ella se refiere a mi trabajo profesional, pero instintivamente respondo: “A ser mamá. Siempre soy nueva en este trabajo. Sabes que nunca me visualicé platicando contigo en un café para papás y niños mientras vistes ese traje sastre y esos zapatos de envidia”. Luego de reír, comenta: “La de la envidia soy yo. Quiero quitarme estos zapatos y jugar un tea party con las niñas que andan por aquí.” Las dos sonreímos y en seguida,  ella comienza a platicar sus hazañas. Y yo finalmente puedo tomar mi café, aunque frío.   
   
La plática transcurre sin mayores inconvenientes. Mi hijo se divierte y yo puedo charlar también de lo mío y responder aquella pregunta que mi amiga me hizo al inicio de la conversación. Hacia las ocho de la noche, nos despedimos en el estacionamiento del lugar y nos damos un fuerte abrazo. Ya en el carro, en mi mente y casi en voz baja vuelvo a pronunciar “A ser mamá. Siempre soy nueva en este trabajo”. A través del retrovisor veo a mi hijo a punto de caer dormido y con una sonrisa en mis labios pienso: “Pero lo vale”. Todo el trayecto me siento orgullosa de ser quien soy y ofrecérselo a mi hijo. Cuando estaciono el carro, caigo en cuenta de lo pesado que es mi niño dormido y recuerdo que no hay nadie en casa. Cambio repentinamente de opinión. Casi oigo quejarse a mi espalda y luego de un gran suspiro pronuncio: “Retiro lo dicho, me toca subirlo por las escaleras”. 


Sobre la autora: Ana OM, comunicóloga y fundadora de Luna Nueva Tarot. Puedes seguirla en Facebook. 

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